De sacerdote a guerrillero

CAMILO TORRES RESTREPO nació en Bogotá, el 3 de febrero de 1929, murió en combate en Patio Cemento, Santander, el 15 de febrero de 1966. Sus padres, Calixto Torres Umaña e Isabel Restrepo Gaviria, se trasladaron a Ginebra en 1931 y vivieron, junto con Camilo y su hermano Fernando en el viejo Continente hasta 1934.


En 1946 terminó bachillerato en el Liceo de Cervantes y luego de estudiar un semestre de Derecho en la Universidad Nacional, entró al Seminario de Bogotá, donde se ordenó el 29 de agosto de 1954. Viajó a Bélgica, a la Universidad de Lovaina, a estudiar sociología.

En 1957 trabajó en los tugurios parisinos que habitaban los grupos de la resistencia argelina. En 1958 se graduó como sociólogo con el trabajo La proletarización de Bogotá (1987), pionero en antropología y sociología urbana. En enero de 1959 regresó a Colombia y fue nombrado capellán de la Universidad Nacional, y junto con Orlando Fals Borda fundó la Facultad de Sociología a la que estuvo vinculado hasta julio de 1962 cuando fue destituido como capellán por el Cardenal Luis Concha. En 1959 obtuvo el Premio Alejandro Angel por su trabajo de investigación y acción social en el barrio Tunjuelito de Bogotá; en ese mismo año colaboró con la recién fundada Acción Comunal y en 1960 fundó en la Nacional el Movimiento para Promoción Comunal (MUNIPROC) y en 1961 el Consejo interfacultades para el desarrollo de la comunidad.
 
Como capellán introdujo muchas de las reformas del Concilio Vaticano, especialmente las relativas al ecumenismo. En 1962 ayudó para que Monseñor Germán Guzmán Campos redactara La Violencia en Colombia. En 1963 escribió su último ensayo sociológico: La violencia y los campos socioculturales en las áreas rurales. Entre 1962 y 1965 fue párroco de La Veracruz, miembro de la Junta Directiva del INCORA, decano de la Escuela de Administración Pública (ESAP). Presionado por la curia tuvo que renunciar, el 27 de junio de 1965, al sacerdocio. En 1964 había establecido contactos con el ELN, al que se vinculó, primero como militante y luego como guerrillero; luego de casi cuatro meses en la guerrilla fue dado de baja, en su primer enfrentamiento con el ejército. Su sepultura es desconocida.
 
Profeta desoído
 
Su rebeldía y compromiso final lo convirtieron en símbolo mundial de la insurgencia revolucionaria cristiana.
 
En su momento, Camilo Torres Restrepo se convirtió en el Che Guevara de los católicos y no sólo de Colombia, sino del mundo entero. Pero pasaron los años y Camilo, a diferencia del Che, cayó en el olvido. Tanto que, el año pasado, cuando los excavadores levantaban la pista de todo un aeropuerto boliviano en busca de los huesos del Che, a nadie en Colombia se le ocurrió preguntar ¿y dónde están los restos de Camilo? La juventud de hoy (o sea, la mayoría de la población) ignora por completo el episodio de Camilo en los años sesenta. El único Camilo Torres de quien tienen una vaga noticia, debido a sus clases de historia, es del mártir de la Patria Boba. En cuanto al cura revolucionario (como comentó alguien hace doce años en el vigésimo aniversario de su muerte), "ya no es motivo ni siquiera de tirar piedra en la Universidad Nacional". A los viejos sobrevivientes de la izquierda les cuesta trabajo reconocerlo, pero el nombre y la figura heroica del sacerdote rebelde no ocupan lugar alguno en la imaginación colectiva.
 
Sin embargo, y aunque parezca una paradoja, Camilo Torres se merece su puesto entre los colombianos más sobresalientes del siglo. Es más, Camilo fue el primer personaje de Colombia reconocido a nivel mundial. (Después de él, en efecto, sólo existen dos más que han alcanzado una comparable resonancia universal: el escritor y el gangster). La imagen de Camilo recorrió el mundo, no por su breve protagonismo político en el escenario del país (un chispazo que duró apenas unos meses del año 1965), sino por las circunstancias de su muerte. Al ofrendar su vida por la revolución socialista, al ser baleado por la tropa de lo que él llamaría "el ejército de la oligarquía" mientras luchaba en defensa de los humildes, Camilo se volvió un héroe para los jóvenes revolucionarios del mundo. Iglesia contestataria Se vivía una década inaugurada con la victoriosa entrada a La Habana de los románticos barbudos de la Sierra Maestra, y que tuvo su expresión popular en las baladas de Bob Dylan.
 
En Estados Unidos, los militantes de la oposición a la guerra en Vietnam forzaron las puertas del Pentágono, en compañía del poeta-jesuita Daniel Berrigan, para quemar las tarjetas de conscriptos al ejército norteamericano. En Camilo crucificado encontraron un aliciente, y un aliciente de características netamente cristianas. Las iglesias cristianas en todas partes experimentaban una toma de conciencia social. Es evidente que Camilo no inventó la nueva iglesia contestataria; en realidad, el Papa en Roma (Juan XXIII) tomó sorpresivo liderazgo de esa iglesia durante los breves años de su pontificado. Pero Camilo forma parte de ella, y terminó convertido en una de sus figuras estelares por no decir en uno de sus santos.
 
Surgió una guerrilla urbana en Argentina que invocaba a Camilo y la ética cristiana; Chile vio el nacimiento de Sacerdotes para el Socialismo, un movimiento que ayudó a abrir camino para el gobierno de Allende; más tarde, en Nicaragua, los hermanos Cardenal y otros distinguidos clérigos iban a comprometerse con la rebelión contra Somoza y con la construcción de un estado nuevo. Todos, de algún modo, encontraron su inspiración en Camilo. Camilo fue el precursor. Para comprobarlo, sólo falta recordar la fecha de su sacrificio. Camilo murió en las montañas de Santander en febrero de 1966, año y medio antes de la quijotesca aventura del Che en Bolivia. Su temprana (algunos dirán precipitada) decisión de tomar las armas y colocarse al lado de los oprimidos partió en dos la historia de la Iglesia Católica en América Latina. Se trataba de una acción espontánea.
 
Camilo no se puso a calcular el grado de novedad o de radicalismo que suponía su postura. En cierta forma, su opción iba en contra de su carácter; por temperamento (y por formación) Camilo era un hombre pacífico y conciliador. Pero se mostró implacablemente fiel a su más profunda convicción: que el cristianismo bien entendido suponía la creación de una sociedad justa e igualitaria. Sin eso es decir, sin un cambio radical en las estructuras del poder la eucaristía carecía de sentido. Antes, representaba un contrasentido. La misa pretende celebrar la fraternidad. Y Camilo sintió que era preciso crear una situación de fraternidad para que su misa no fuera mentira. Lo tradujo como la obligación de hacer la revolución antes de volver a consagrar el pan y el vino y compartirlos con sus correligionarios alrededor de una mesa. Así de sencillo. Vistas las cosas de este modo, Camilo no quiso desperdiciar su considerable energía juvenil en una lucha estéril contra sus superiores eclesiásticos; su meta no era la reforma de una iglesia al servicio de los poderosos, sino la superación de un mundo dominado por esos mismos poderosos. Tarea hercúlea, y en verdad utópica.
 
En consecuencia fue la suya, casi inevitablemente, una "ejemplar vida frustrada" (para usar la frase de Antonio Caballero). "No dejó una obra", dice Caballero, "y su huella es impalpable como dibujada en el mar o en el viento, para citar a ese otro gran fracasado que fue Simón Bolívar". Es posible que su tenue recuerdo se habría borrado aún más de la memoria colectiva en Colombia, si su muerte no hubiera producido tanto impacto internacional. En 1968, una prestigiosa casa neoyorquina comisionó una biografía del cura guerrillero. Y los colombianos que no se habían fijado sino en el lamentable fracaso de una vida bien intencionada se sorprendieron al encontrar que su país había engendrado una figura de talla mundial.
 
El Camilo que Colombia saluda como uno de sus hijos más célebres es, en realidad, un artículo importado del exterior, y por lo tanto, de buen recibo. Aquí su voz profética no fue escuchada. Camilo cayó muerto del primer tiro de un sargento en su única acción militar. Y sus restos mortales fueron sepultados apresuradamente, por decreto del gobierno, en algún lugar clandestino. Si su nombre figura entre los colombianos más importantes del siglo, tal vez los colombianos deberían exigir una tumba honrosa para sus huesos. No para iniciar un culto caracterizado por novenas y milagros. Pero sí para darle una presencia física en algún sitio apropiado, con el fin de recordar su grito contra las mil injusticias cometidas a diario en su patria. Por no haber escuchado ese grito desesperado, la clase dirigente se ve impotente ahora ante un país que se arrastra en medio de peores violencias y abusos de los que Camilo jamás podría haber imaginado hacia el triste fin de este milenio.